Las consagraciones episcopales de la Fraternidad San Pío X han marcado otra etapa menor en la Historia de la Iglesia Católica. Es el problema más importante que, hasta el momento, ha enfrentado el Papa León XIV y la Curia Romana. Un problema del cual no se ha medido de forma pertinente su importancia para los católicos y para el mundo. Un problema ante el que es difícil permanecer neutrales. Sin embargo, este aparente desinterés de varios sectores de la propia Iglesia se debe quizás al menosprecio hacia las comunidades tradicionalistas o por el desinterés ya reinante hacia cualquier tema de vida espiritual profunda.

La Iglesia ha vuelto más la mirada hacia los "problemas" mundanos que hacia su propio rebaño. Parece que busca más congraciarse con políticos, futbolistas o estrellas de Hollywood que con seminaristas. Se preocupa más por hacer publicaciones en redes sociales que en revisar el estado y la situación de sus sacerdotes. Se interesa por adecuarse a las ideologías más deplorables que a cuidar la disciplina de los sacramentos. Repito, es lo que parece.

A pesar de todos los argumentos canónicos en contra de la FSSPX, yo no lo percibo como un cisma. Me cuesta ver, como un católico de a pie, sin ser canonista ni teólogo, una acción que esté en contra de la Iglesia de Cristo. Sí, asumo como católico la responsabilidad de decir que no fue la mejor forma de hacerlo, que pueden darse otros caminos. Preferiría que viéramos con alegría la regularidad canónica de la Fraternidad y viéramos sus prioratos y capillas extenderse con mayor libertad.

Pero seamos sinceros: ¿Cuándo habrá regularidad y estabilidad para la liturgia tradicional — Misa tridentina, canto gregoriano, rezo del breviario en su forma antigua? Estamos condenados, si no a ser cismáticos legalmente, al menos a parecerlo. Sólo queda mantenernos firmes en la Tradición, rezar por el Papa, por nuestros hermanos de la Fraternidad y por toda esta situación. Nos ponemos en manos de la Santísima Virgen y de San José.