Recuerdo que desde hace muchos años, mi padre me dijo: “El fútbol es puro negocio, siempre hemos visto que México fracasa. No te desgastes con eso”. Tenía yo 13 años, y Argentina le ganaba a México en octavos de final del Mundial de Alemania 2006, con un golazo de Maxi Rodríguez que mis ojos admiraron. Y sí, mi padre tenía razón: nada de eso ha mejorado, al contrario, ha empeorado y se ha corrompido en mayor medida.

Y no, el problema de fondo no es hacer negocio, eso es algo lícito. El tema es que el negocio es voraz y desenfrenado, obsesivo. Parafraseando, en cierta medida, al no muy querido Vargas Llosa, el hombre se animaliza y se pierde a través del fútbol. Me ha pasado y nos ha pasado a muchos.

Dios ha querido el deporte y la competencia como una sana recreación, como una forma de disciplina y de poner en práctica incluso virtudes como la paciencia, la prudencia, la caridad, la educación y la humildad. No obstante, el deporte contemporáneo “profesional” sólo es moda y entretenimiento. Un escaparate para soltar las pasiones y distraernos más horas frente al televisor, como si no tuviéramos ya suficiente con las pantallas del teléfono a toda hora.

Los papás se han desbocado sin reflexión a involucrar a sus hijos en apoyar y emocionarse con algo que no entienden. No están preparados para ver lo contingente y superficial de un deporte de entretenimiento, que debería tener uno de los últimos lugares en una vida realmente jerarquizada. Se les ha cargado a nuestros niños de insatisfacciones que ellos no deben llevar, incluso poniéndolos en riesgo.

Aunque ya han transcurrido tres meses desde la última transmisión del Mundial de fútbol, hay muchos aspectos tristes que se derivaron en esas semanas y a los cuales no se les ha dado la importancia y la reflexión debidas. Nunca podremos medir ni comprender cuántas injusticias, fraudes, desenfrenos y excesos se cometieron y acumularon en ese tiempo. Le cedimos toda la importancia al entretenimiento y casi nada al alimento espiritual.

Creo que todos tenemos un mea culpa en esta situación, pero no hay que olvidar a los verdaderos beneficiados de estos eventos mundiales. A las grandes élites globalistas que siempre dicen qué hacer, qué ver, dónde verlo, cuánto pagar, qué pensar y qué escuchar, casi sin escapatoria.

Pobres de nosotros si no ponemos un alto prudente a estas invitaciones agresivas y casi obligatorias en nuestros círculos sociales. No es fácil, pero se puede elegir el sano esparcimiento, dándole a cada cosa su lugar en una jerarquía dispuesta por Dios.